miércoles, 18 de julio de 2012

Una rana, un sapo y una historia de amor

Belinda era una rana muy bonita y por sobre todas las cosas, muy soñadora. Gran lectora, pasaba sus horas a la orilla de la laguna, leyendo historias de amor. Sus favoritas eran las historias de princesas. Las leía una y otra vez. En la mayoría de ellas, las princesas se enamoraban de sapos, quienes luego de un mágico beso de amor, se convertían en apuestos príncipes. Precisamente ése era el mayor sueño de Belinda, tener un novio que no fuese un verde sapo con ojos saltones, sino un joven alto y bien parecido. Su familia y amigos le decían que ello era imposible, pero la ranita siempre contestaba que, en materia de sueños, nunca estaba todo dicho. Su madre trataba de hacerla entrar en razones, sin éxito alguno. – Hija, no es bueno que sigas pensando en que un apuesto príncipe se fijará en ti. Mírate, por bonita que seas, no dejas de ser una rana. – El amor todo lo puede – Contestó disgustada Belinda. – El amor no te transformará en algo que jamás podrás ser – Replicó la madre. Del otro lado de la laguna vivía Edmundo, un sapo muy apuesto que cantaba todo el día. Edmundo era alegre, bueno y gentil. Todas las ranitas jóvenes y las que no lo eran tanto, estaban enamoradas de él. Sin embargo, Edmundo tenía ojos sólo para Belinda. Photobucket  

Sabía perfectamente que Belinda esperaba un joven apuesto y no un sapo cantor, pero no se desanimaba. – El amor todo lo puede – Decía Edmundo a sus amigos. – El amor no te transformará en un ser humano – Contestaban ellos. Laguna por medio, sapo y rana soñaban con el verdadero amor, sólo que de manera diferente. Para Edmundo el amor ya tenía nombre, para Belinda –en cambio- era sólo una fantasía. Edmundo no tomaba coraje para cruzar la laguna y declararle su amor a la bella rana. – Ya llegará el momento oportuno, mi corazón me lo dirá – Pensó el sapo y siguió cantando. Una tarde, al terminar de leer por décima vez la misma historia de amor, la ranita tomó una decisión. – El secreto está en el beso … – Pensó – Entonces sólo es cuestión de repartir besos y de ese modo, quien sea mi amor, se transformará en un príncipe – Dijo decidida. Desde ese día, dejó los libros de lado y comenzó una afanosa búsqueda de los sapos jóvenes del lugar. Con tristeza, vio que ninguno de los que se le cruzaban por el camino le gustaba. – No importa – Dijo para sí – Seguro que luego del beso, alguno de ellos se transformará, me enamoraré y seré feliz por siempre. Y así fue que Belinda empezó a repartir besos a diestra y siniestra. Como era tan bonita, ningún sapo se negaba, muy por el contrario, hacían cola y esperaban pacientemente a ser besados. Un sapo y nada. Dos sapos y nada. Treinta y cuatro sapos y nada. Todos seguían siendo sapos. – Algo anda mal – Pensó Belinda – Los libros no pueden estar tan equivocados. – No son los libros los que están equivocados, sino tu concepto de cómo encontrar al amor de tu vida – Dijo su madre. Edmundo, por su parte, estaba al tanto de los besos que Belinda seguía repartiendo y las largas filas para recibirlos. El no quería ser de la partida. No conquistaría al amor de su vida haciendo una larga cola para recibir un beso, que –como único efecto- tendría una desilusión. Tomó una flor, la más bella que encontró, ensayó su mejor canción y fue en búsqueda de su amor. El sonido era tan hermoso que Belinda no podía concentrarse más que en la música y ya no sabía si besaba a un sapo, un tronco o un gusano. Algo especial sintió en su corazón cuando escuchó la voz de Edmundo y la melodía que cantaba, algo que desconocía por completo. Se dio vuelta esperando ver un apuesto joven cantando y lo único que encontró fue un apuesto sapo que cantaba en forma dulce y afinada. Para su sorpresa, no se desilusionó al ver que Edmundo era sapo hecho y derecho: con ojos saltones y varias verrugas. El sapo extendió la flor a la ranita y ésta la tomó agradecida. – ¿Y si lo beso? – Pensó Belinda – ¿Se transformará? Sin que pudiese seguir pensando demasiado, Edmundo tomó por sorpresa a la ranita y la besó él. Fue el beso más largo y hermoso que Belinda había recibido en su vida. Cuando abrió los ojos siguió viendo un sapo hecho y derecho que por supuesto, en nada se parecía a los jóvenes con los que siempre había soñado. No le importó. – ¿Aunque no sea un príncipe, tendré alguna posibilidad? – Preguntó tímido Edmundo. – Todas las que no están en los libros – Contestó feliz Belinda. Y aunque sapo y rana, fueron felices para siempre. Belinda se dio cuenta que los sueños no siempre resultan como uno los soñó y que su madre tenía razón. Aunque, a decir verdad, la bella rana no estaba del todo equivocada. En los sueños todo es posible y en éste dos animalitos se enamoraron como dos príncipes de cuentos. Descubrió, además, que si bien el amor no transforma sapos en seres humanos, sí transforma los corazones y el interior de cada uno de nosotros y nos hace ver al ser amado, tenga la forma que tenga, como el más apuesto de los príncipes. Fuente: http://www.encuentos.com/